Fernando Ayala: Gente molesta

Señalaba el catedrático Ángel Viñas que los historiadores, con la manía de actuar como forenses del pasado, somos, por definición, gente molesta.

Y es que esa obsesión, de algunos, por la perenne preocupación (necesaria por otra parte) acerca del futuro de nuestra tierra, hace que insistan en un presentismo obnubilado que desconoce, o al menos quiere ignorar, la importancia que en el recorrido de la vida tiene el bagaje acumulado por las experiencias que el tiempo nos ha ido proporcionando.

Ya sean positivas, ya sean negativas. No vamos a insistir en lugares comunes o convencionalismos sociales como el adagio de que la Historia es la maestra de la vida que diría Cicerón, o la necesidad de conocer la Historia para no repetir los mismos errores o dicho de manera más simple «no tropezar con la misma piedra».

Sin embargo, sí nos detendremos en analizar que el conocimiento tendría que ser una catapulta para engrasar los nuevos proyectos. No podemos partir de cero como si todo comenzara con nosotros. No se puede hacer tabla rasa de lo que nos antecede. Se trata de conocer, de aprender y de colaborar.

Es preciso, por consiguiente, recordar, como ya hemos precisado en muchas de nuestras columnas. Rescatar del olvido. Continuar con la compañía, ya sea física, ya sea intelectual, de aquello que nos ha hecho lo que somos.

Volviendo a los adagios y como cantaba Axel, «somos lo que fuimos». Es decir vamos acumulando cosas a lo largo de la vida que siempre nos resultan de utilidad. Algunas para tenerlas en cuenta. Otras para saber rechazarlas.

En definitiva, un buen diagnóstico de lo sucedido es el mejor aval para conquistar el devenir. Los historiadores, por consiguiente, no son gente molesta, nos guían, nos enseñan, nos muestran el camino. En nosotros está el aceptar sus designios o por el contrario ignorarlos. Ya vendrán nuevas generaciones que harán el mismo proceso de mostrar a sus contemporáneos lo que hagamos ahora.

No ignoremos las lecciones del que ya ha sufrido, del que ya ha disfrutado, del que ya ha padecido o del que ya ha gozado. No es incompatible aunar la energía de la juventud impetuosa y deseosa de comerse el mundo con la gravedad de aquellos que cuentan en sus cuerpos con el peso de lo acontecido. Ni tampoco podemos dejar escapar el unir todo lo bueno de nuestros orígenes con la esperanza, con la ilusión, de lo que está por venir.

Tienen que ir de la mano.

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